Hay lugares que no necesitan gritar para que los escuches. Salera es uno de ellos.
Detrás de la fachada de una casa histórica en la Roma, bajo techos de cristal que dejan que la tarde se cuele hasta la última mesa, Salera lleva apenas dos semanas abierto. Y sin embargo no se siente como un estreno: se siente como si el lugar ya supiera exactamente quién es.
Salera, una terraza que respira
Lo primero que envuelve al llegar es el ambiente. Cálido, sin la rigidez que suelen cargar los lugares recién nacidos, como si Salera hubiera decidido saltarse esa fase incómoda de encontrarse a sí mismo.
Un DJ mezcla en vinilos, y la acústica está resuelta con una precisión poco común: la música acompaña la conversación en lugar de pelear con ella. Se puede platicar sin alzar la voz, un privilegio que cada vez escasea más entre el ruido de fondo de la ciudad.
Informal, pero con carácter. El tipo de lugar donde cabe una cita, una mesa de amigos que se alarga, o una sobremesa que nadie tiene prisa por terminar.

Coctelería con acento propio

La barra de la casa no se conforma con lo predecible. La Rumorosa llega con mezcal espadín verde amarás, syrup de tamarindo y limón, y golpea con un picor sutil que se queda dando vueltas en el paladar: mucho carácter, como morder un dulce de tamarindo de la infancia. La Reina de la Noche, en cambio, juega en otro tono vodka, pitaya, agua de coco; frutal y fácil de tomar, dulce sin cruzar nunca la línea del empalago.
Para la cena, una botella de vino verde portugués, el Santos Lima Desvairo, hizo su trabajo sin levantar la voz: fresco, sutil, con una burbuja casi tímida que apenas se asoma. No es un vino que busque aplausos, pero se gana uno de todos modos.

Un menú que no necesita convencer
La carta sigue esa línea tipo Baja que ya se volvió sinónimo de buena mesa mexicana: platos con presencia, pensados para el centro de la mesa y para compartir sin ceremonias.
Los tuna pops abrieron la noche con un crunch limpio y un sabor tan fresco que casi se siente injusto llamarlos entrada. La ensalada czar, pasada por las brasas, fue la sorpresa: el ahumado se apodera de la lechuga con tal intensidad que la salsa parece llevar mezcal escondido.

Pero la noche tuvo un ganador claro: el pollo cholo. Pollo de leche estilo ranchero marinado toda la noche, barnizado en chiles y llevado directo al fuego, jugoso por dentro y crujiente por fuera, coronado con un encacahuatado ligeramente picante donde la mantequilla avellanada deja notas lácteas que redondean todo el plato. Llega con tortillas de harina hechas en casa, en una porción para compartir. Medio pollo que termina siendo la razón por la que todos vuelven a repetir.
Memo Valencia, el repostero que llegó para quedarse
A media cena se acercó el chef Memo Valencia, joven, lleno de inspiración y talento. Trabajó en Café Monarch Arizona, en EM junto a Lucho Martínez y demás cocinas, y llegó a Salera como repostero. Gracias a su talento y creatividad se volvió el encargado de plasmar su personalidad, vivencias y talento en el menú. Varios de los platillos están inspirados en comida que recuerda comer con cariño en el norte del país de donde viene, Sinaloa. Llegó para quedarse.
Nos explicó los postres y vino a servirnos personalmente su tiramisú de café de olla, cremoso, ligero, húmedo y especiado, y su flan de limón: el mejor, con una textura ultra cremosa que se rompe con el crujido del crumble de limón que lo acompaña.



Lo que ya casi no se encuentra
Hay cenas que se recuerdan por un plato. Otras, por una copa. Y luego están las que se recuerdan completas: por la luz que entraba por el techo de cristal, por el vinilo que sonaba lo justo, por un mezcal con sabor a infancia y un pollo que se comparte con las manos y con ganas.
Salera es de esas segundas. Una experiencia increíble, acogedora, sin ser forzada; algo que ya casi no se encuentra en ningún lugar, pero que aquí se ofrece de la mejor manera posible.
No es solo un restaurante nuevo en la Roma. Es una casa histórica que encontró, después de tantos años, una razón para volver a llenarse de gente, de risas y de sobremesas que no quieren terminar. Y esa es, quizás, la mejor señal de que algo funciona: cuando un lugar apenas lleva dos semanas abierto y ya se siente como si llevara toda la vida esperándote.
Reúne a tu gente, pide al centro, deja que el DJ ponga el ritmo y que el fuego haga el resto. Porque hay experiencias que uno recomienda, y hay otras que uno simplemente insiste en que vivas.
Salera ya reservó tu lugar ahí.
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